…nunca es para siempre – Capítulo 6

Fanfic: …nunca es para siempre


“… te amo…”

Desperté tumbado sobre el fresco césped, bajo la sombra del viejo roble de la colina. Conocía perfectamente este lugar… Aquí había venido a entrenar, con mi abuelo… Y después con mi nieta e hijos. Muchos picnics se habían llevado a cabo aquí, por no mencionar ciertas concepciones…

Suspiré. No hay nada más doloroso que recordar tiempos felices en la desgracia. Era increíble que de todo Chikkyu, Enma me devolviera precisamente a este sitio. Es como si quisiera restregarme en la cara todo lo que tuve y he perdido…

“¡Te FELICITO!” exclamé, sin moverme de mi sitio, cual cádaver inánime. “¡Lo estás logrando, ENMA!”

Llevé mis manos temblorosas al rostro, pensando en cómo había actuado desde que Gohan me diera la fatal noticia. Definitivamente no había dado mi mejor cara… bueno, hoy ciertamente no era el mejor de mis días… Una vez mi primogénito hizo una investigación sobre los efectos de la exposición a la violencia a largo plazo. Los resultados arrojaron que demasiada violencia dizque podía insensibilizar a la gente… Cuánto deseé que eso fuera verdad…

“Ya no quiero sentir. Ya no quiero pensa-ar…” gemí, temblando de pies a cabeza. Y sin poder aplazar lo inevitable, lloré por segunda vez en mi vida… Lloré con todo el dolor que jamás había sentido, porque en la primer ocasión había sido solo un niño, un chiquillo feliz de ver nuevamente a su abuelo fallecido… Pero ahora… Ahora era un hombre, un guerrero que por más veces que pudiera salvar a su planeta azul y todo el Universo, no podía regresar a la vida a la mujer que más amaba…

No. Ella no sólo era la ‘mujer’. Por trillado que se oiga, Chichi era mi vida, la mitad de mi ser. Lo que el Cielo una vez me había destinado, y lo que el mismo cielo me había quitado. Mas… nunca es para siempre…

Quién lo iba decir, cuando fui tan feliz pensando en ella esta mañana… que tendría un fin, que así son las cosas. Por primera vez en toda mi existencia, me sentí derrotado. Realmente vencido. Había hecho todo lo que estaba a mi alcance, hasta ofrecido mi estúpida vida, ¿y para qué? No había podido verla una vez más. Necesitaba abrazarla urgentemente, oler sus cabellos, cualquier cosa con tal de acallar mi pena. Para desaparecer este horrendo sentimiento de culpa que me consumía por dentro…

Si tan sólo… si tan sólo nunca me hubiera ido de casa… jamás la habría ‘visitado’, ni embarazado, ni matado– Mi mente se detuvo, autocensurándose por la aberración que acababa de pensar. No… no podía culpar a la vida, a la que siempre he defendido como lo que es, como un milagro que no se pide ni se niega…

 

“Ahora tienes una hija de quién preocuparte. Ella necesita un padre.”

 

Calmé considerablemente mis sollozos, tratando con desesperación de respirar pausadamente, en paz. En todo mi sufrimiento, me había olvidado completamente de la niña que había tenido que crecer en la orfandad, sin merecerlo. Me había olvidado de esa pequeña e inesperada prueba de nuestro amor, del último testimonio del pasar de Chichi por la faz de la Tierra…

El roble cambió repentinamente su sombra, agitado por la brisa vespertina. Abrí mis ojos, todavía enrojecidos por el llanto… y ahí estaba ella, como si la hubiera invocado con el pensamiento. Por un momento creí a ver a Chichi asomándose por esos inocentes ojos negros…

“Oi… ya… ¿ya te sientes mejor?”

Yo no dije nada. La chiquilla saltó desde la rama más alta, donde seguramente había estado oculta todo ese tiempo. “Todos te están buscando… hasta Goten-oniichan, que aquí entre nos, es bastante flojo…”, comentó, sentándose a mi lado.

Siguiendo su ejemplo, me apoyé débilmente en mis manos hasta que mi cuerpo recuperó su equilibrio y pude doblar una pierna, a la que rodeé con mis brazos, posando mi mentón en la rodilla. Al ver que no decía nada, Ku-chan se acercó y tocó mi frente. Yo alcé una ceja, extrañado con dicho gesto, tan familiar. Tan idéntico a su… madre…

“No tienes fiebre…”, concluyó ella, con el tono que usaría Gohan en un diagnóstico. “¿Qué, te comió la lengua Tammu?” Tuve que respirar larga y profundamente, antes de poder articular respuesta. “N-no… Ku-chan…”

Jo…”, resopló, colocando sus pequeñas manos en lo que dentro de algunos años más serían las caderas. “Ya te dijeron mi estupendo mote, ¿neh? Pues me llamo Chiku. C-h-i-k-u. Así me puso mi mamá… claro, antes de que se fuera al cielo…”

“Oh… gomen nasai…”, me disculpé, sin poder dejar de pensar en lo MUCHO que se parecía a mi niña… Y por primera vez en este día, me permití una ligera sonrisa. Chichi y yo solíamos decirnos así, niño y niña, en la intimidad… Quizás porque nos habíamos conocido a tan tierna edad…

“Bah, no importa…”, contestó Chiku, posiblemente pregúntandose qué me habría hecho sonreír. “Okaasan murió cuando nací, así que no la conocí. Pero Gohan-oniichan y Goten-oniichan siempre me dicen lo mucho que me parezco a ella y a papá…”

Yo giré mi rostro hacia ella, escuchándola con renovado interés. “¿Tu… papá?”

“Síp. Dicen que está de viaje… pero yo sé que volverá por mí algún día”, declaró valientemente. “Y si no vuelve, me iré volando de aquí a buscarlo y decirle lo mucho que lo quie–”

No pudo seguir hablando, apretujada como estaba contra mi pecho. La abracé con todas mis fuerzas, como si quisiera ver en ella al dulce ángel que una vez conociera en Frypan Yama. Con la diferencia de que esta niña, a pesar de tener el mismo cuerpecito menudo y los mismos largos mechones de cabello enmarcando su rostro, tenía la sangre saiyajin heredada por mí corriendo por sus venas. No necesitábamos palabras para establecer el lazo que ya nos unía…

“¿O-tousan?”, exhaló ella al soltarla, con sus ojitos negros muy abiertos. “¿Eres tú…?”

“Hai”. Y en menos de lo que me imaginaba, me encontré desahogando mis penas con ella, como si nos conociéramos de toda la vida. Chiku me escuchó con infinita paciencia, de la misma forma que haría una madre con su hijo y no al revés, como en nuestra situación. Pero eso no me importaba, al igual que no comprendiera ni una sola de las cosas que le decía… Que si el dios extraterrestre, que si el pequeño bol flotante en el firmamento, que si el gigantón con sombrero de cuernos tras el escritorio más grande que él… Que yo había volado mucho, mucho, buscando a su okaasan y no la había encontrado…

La chiquilla me sonrió, esta vez con misterio. “Una vez alguien me dijo…” Tomó una de mis manos, que lucía gigantesca en comparación a las suyas. “Que el amor nunca se va. Que permanece aquí”, –señaló, posándola sobre su pecho plano.

“Donde siempre.”

Mi corazón se paralizó al igual que mi lengua, sin poder articular mi voz. Esta niña… mi hija… había parafraseado lo que yo dijera a Chichi aquél día, hace 6 años… No podía ser…

“Más cerca de lo que te imaginas, Son Gokú…”

Mis sentidos iniciaron una batalla sin cuartel contra la lógica, tratando de descifrar el acertijo que veía frente a mí. Una parte de mí creía estar ya bajo los efectos de la locura, producto de mi pérdida… Pero es que esas palabras, esos gestos… no podían ser meras coincidencias, meros rasgos hereditarios… Mis ojos desorbitados recorrieron su inocente rostro, milímetro por milímetro. No podía ser… ¡Chichi!

“…más cerca de lo que ella hubiera deseado…”

Y como para echar más leña a mi creciente paranoia, Chiku agitó mi melena, sonriente. “¿Qué pasa, mi niño?”

Mi niño. ¡Mi niño!

Es imposible. Sólo las almas del infierno son reencarnadas. Las que van al paraíso descansan eternamente…

“¡Ya sé!”, exclamó ella, haciendo sus propias conjeturas sobre mí. “¡Seguro tienes hambre!”

Claro que… ahí estaba el ejemplo de Uub. En realidad, él no debía haber reencarnado tan pronto… Pero si yo pude pedirle ese favor a Enma-sama, supongo que Chichi… también.

Y de golpe, cayó la invisible venda alrededor de mis ojos, permitiéndome ver la realidad. Repentinamente comprendí la gran sabiduría del destino, por mucho que me negara a aceptarlo… Lo trascendental de cada mínimo acto, su perfecta sincronización con la eternidad. Porqué de todos los saiyajin fui yo el único enviado a la Tierra, porqué crecí para protegerla. Porqué conocí a Chichi. Porqué nuestras almas se complementaron con tal precisión, a pesar de casarnos sin conocernos. Porqué tantos años de fidelidad, cuando pudo rehacer su vida al lado de un hombre más normal… porqué la intensidad de nuestro lazo. Lo comprendí todo.

Todo.

Porque siempre habíamos sido –y seríamos– almas gemelas, hasta el fin de los tiempos. Éramos una de las escasas parejas en el universo marcadas a estar siempre juntas, a pesar de los obstáculos, de la vida y la muerte, las épocas y las distancias, las razas y los credos… Mujer y hombre, humano y saiya, princesa y guerrero…

Ahora todo tenía sentido. Chichi me lo había prometido… Que siempre habría alguien aguardando pacientemente a mi regreso en Paozu Yama. Había fallecido, sí… pero no había dudado en pedir su boleto de regreso, aunque fuera en la hija que tantas veces soñó, posiblemente el ser más dulce y puro donde pudiese reencarnar…

Chiku acercó una de sus manitas a mi mejilla, secando una de mis lágrimas. “Y’osh, ya no llores…”

“H-hai…”, murmuré, pronunciando palabra al fin. No me había dado cuenta de mi llanto…

Ella siguió hablando, más consigo misma que conmigo, pero de todas formas la escuché. “Antes, cuando pensaba en mamá y en ti, me gustaba mirar de noche por la ventana. Pan-chan siempre me regañaba, diciendo que no la dejaba dormir… Así que, cuando cerraba los ojos, yo me venía volando hasta acá, a conversar con este viejo árbol gris–” susurró, señalando el roble que ya merecía el título Son por derecho. “Siempre le hablaba… de mi gran soledad. Tengo dos hermanos. Y una sobrina que más bien me trata como si yo lo fuera. Y una tía. Pero nada de eso se compara con tenerte aquí, conmigo.”

Con su voz infantil, tumbó por tierra cualquier duda que pudiera tener sobre su identidad. Definitivamente era ella… Sólo eso podía explicar porqué jamás sentí nuestro lazo quebrantarse… Porque realmente nunca se había ido. Y ahora, después de tanto esperar, mi alma gemela por fin tenía la oportunidad de vivir la vida que siempre deseó… a mi lado.

A su corta edad, ya podía vislumbrar en su mirada la pasión por las peleas, su corazón guerrero. Si Pan había mostrado esos fantásticos poderes siendo sólamente ¼ saiyajin, ¿qué no podía esperar de mi propia hija? Podía sentirlo, sonreí, hinchando mi pecho de orgullo. Mi niña tenía un gran potencial…

Y jamás volvería a sentirse sola, aguardando pacientemente al pie de la ventana. Porque en mí siempre tendría a un compañero de juegos, a un amigo, a un maestro, a un padre… Todo lo que pudiera darle de mí, hasta el resto de mis días. Después de todo, Chichi y yo podríamos cumplir nuestro pacto, reflexioné, mientras cargaba a Chiku sobre mis hombros y me encaminaba lentamente a casa, en lo que empezaba a oscurecer. Nunca se es demasiado tarde para volver a empezar, ni para reencontrarnos…

Quizás en otras vidas…

Quizás en otras muertes.

 

F I N


Nota importante: Son Chiku es un personaje ficticio concebido originalmente por Ayame. La autora es sólo responsable de diseñar su personalidad y situación en este fanfiction.

 


…nunca es para siempre – Capítulo 5

Fanfic: …nunca es para siempre


 

Y seis años después, volví. Sí, volví al lugar que me vió crecer, al lugar donde aprendí a amar… pero Chichi se había ido. Para siempre.

¡No puedo aceptarlo! ¡Yo siempre cumplo mis promesas! ¡Juré que pasaría el resto de mis días con ella, y así lo haría…! Desesperado, aceleré mi vuelo hacia el Tenkai, el templo de Kamisama. Si Dios no podía darme una respuesta a este dolor, ¿quién…?

Desde la orilla, alcancé a ver Dende, quien parecía haber anticipado mi llegada. Claro, como él puede verlo todo desde arriba… Sin rodeos, le hice mi pregunta. “¿Por qué?”

El joven namek me miró con tristeza. “Lo mismo me preguntan millones de humanos a diario, Gokú-san… y sigo sin saberlo.”

Hmph. Sólo a mí se me ocurría razonar con un crío al que yo mismo había traído desde otra galaxia… “No me refería a eso. Lo que quiero saber es porque nadie, ni siquiera tú, me lo comunicó antes.”

“Son.”, dijo Piccolo, su voz resonando entre las blancas columnas del edificio. “Tu mujer así lo quiso. Además, nosotros no podíamos ir a donde tú estabas–”

“¿Y eso qué? ¡Ustedes son especiales! Pueden crear esferas que conceden deseos, curar heridas, reparar ropas… ¿y no pudieron decirme NADA? ¿No pudieron salvar a mi esposa?”, les reclamé, a punto de perder la poca paciencia que me quedaba. Ambos me miraron, impresionados. Jamás me habían visto tan perdido, tan desolado en mis siete vidas…

“A todos nos llega la hora. Y algún día, también llegará a ti, Gokú-san. Entonces podrás reunirte con ella…”

Mis ojos se entrecerraron, tratando de soportar las lágrimas que pugnaban por salir… pero no quería sucumbir al llanto. No ahora. Porque más que pena, me embargaba un odio terrible… hacia mi ser. Hasta la última de mis células maldecía ahora mi sangre saiyajin, mi constante caza de retos, mi incierto ir y venir entre la vida y la muerte, mi todo. Porque por mi ceguera, por mis absurdos caprichos ya no podría volver a escuchar su risa, revolver sus cabellos negros…

“Además”, agregó el ex-rey demonio, “Ahora tienes una hija de quién preocuparte. Ella necesita un padre.”

Levanté quedamente mi mirada, nivelándola con la del antiguo sensei de mi hijo, mientras sus palabras se filtraban sin impureza alguna en mi interior. De sobra sabía que tenía razón… el sabio de Piccolo. Siempre ahí, cuidando nuestra casa. Pero mi corazón nunca ha seguido razones…

“Hai. Tengo una hija. Y una nieta. Y dos hijos. ¡Pero también tengo una ESPOSAAA!”, grité, haciendo temblar el Tenkai. “¡¿ME OYES, ENMA?!”, resoplé furioso, mirando el cielo arriba de nosotros. “¡LA QUIERO DE VUELTA!”

“Por favor, señor Gokú… no se altere…” balbuceó Dende, tratando de colocar su mano en mi hombro. Pero sus milagrosas virtudes jamás podrían curar mis heridas… Piccolo lo detuvo, resignado. “Déjalo, Kami. Déjalo hacer el tonto, si quiere. Después de todo, él siempre logra salirse con la suya…”

Yo asentí, agradeciendo de antemano su buen augurio. “Así será…”

 

Desafiando las fronteras del cielo y la tierra, volé como ícaro hacia el sol, sin mirar atrás. Soporté el escozor en mi piel, la radiación en mis ojos. Nada de eso era comparable al infierno que sentía por dentro…

De pronto, sentí un golpe hueco, y caí aturdido. Minutos después, recuperé la conciencia. Me encontré frente al mismísimo escritorio de Enma, rodeado de cientos de almas que esperaban impacientemente a ser juzgadas y enviadas a sus descansos eternos.

“Son Gokú.”, pronunció él, con su voz gruesa, sin molestarse siquiera en revisar el Libro de los Muertos. “Habíamos quedado en que no volvería a verte por aquí hasta tu muerte definitiva.”

Vaya. Otra promesa sin cumplir. “Lo siento, Enma… sama“, añadí, no queriendo caer de su gracia tan pronto. “Es que… Necesito entrar al paraíso. Debo ver a mi mujer.”

“¿Entrar? ¿Otra vez? Bien sabes que los vivos tienen prohibida la entrada allí. Y aún así, te dejé entrar hace unos años, a que entrenaras con ese Ubú, Uba o como se llame…”, suspiró el gigante, secando su frente. “Ya no más privilegios, Son Gokú. Es non-natura.”

“¡Pero DEBO ENTRAR! ¡Siempre me has dejado, y cuando más lo necesito, no PUEDO! ¡TE LO SUPLICO!”

“He dicho que no. Tu lugar está en Chikkyu. No me obligues a mandarte de vuelta, saiyajin. Regresa.”

“¡Pero… pero… pero…!” Miré a mi alrededor, buscando apoyo en las almas del lugar… pero todas bajaron sus inexpresivos rostros, en total mutis. Finalmente, hallé la solución. Descabellada, sí, pero solución al fin…

“Conque no podemos romper las reglas, ¿neh…?” Sonreí triunfalmente, irradiando una pequeña esfera de energía en mi dedo índice y acercándolo a mi sien. “Bien. Entonces ve anotando la fecha de mi muerte, Enma-sama. Ahora.

“N-no puedo hacer eso, Son Gokú…”

“¡Vamos! ¡He sacrificado mi vida antes! ¡Y puedo hacerlo de nuevo!”, le aseguré, acercando más mi dedo. Mis ojos querían llorar nuevamente, esta vez por la fuerte luz que los azotaba… pero aún así, no cedí. Enma-sama me miró más apesadumbrado que de costumbre tras sus gafas negras. “No soy nadie para impedírtelo… pero si lo haces, jamás podrás reunirte con tu esposa.”

Yo abrí la boca, completamente estupefacto. El haz de luz en mi mano se desvaneció, como mis esperanzas. “¿Qué?”

“Los suicidas no pueden entrar al Paraíso. Son almas en pena, y el protocolo marca estrictamente que deben pasar por el Purgatorio… y luego al Infierno.”

Nno…“, gemí, cayendo de rodillas al suelo. “No es justo… ¡No es JUSTO!” De reojo me pareció ver algunos Onis mirándome compasivamente, queriendo pronunciar alguna palabra para acallar mi dolor. Pero nada podría lograrlo… y yo seguía sin poder ver a mi esposa… a mi Chichi…

Enma leyó mi mente, como buen guardián del Cielo. “No hace falta. Aunque te dejara entrar, no la hallarías ahí…”

“¿Qué?” Levanté mi cara, acongojado. Acaso… ¿acaso la habían rechazado en el paraíso? ¡Imposible!” ¿Entonces dónde está ahora?”

“Más cerca de lo que te imaginas, Son Gokú… más cerca de lo que ella hubiera deseado…”

Y con esas palabras, todo empezó a desvanecerse a mi alrededor. Me estaban regresando a la Tierra…


Partí esa misma mañana, tras probar por última ocasión la deliciosa comida de mi mujer. Ninguno dijo nada durante el almuerzo; nunca hemos sido buenos para las despedidas… Bueno, nunca habíamos tenido una oficial…

Me hubiera quedado más tiempo; en serio me hubiera gustado. Pero habría sido difícil enfrentar al resto de mi familia, explicarles el acuerdo al que habíamos llegado Chichi y yo… Era mejor que nunca supieran de mi breve y única visita. Ella sonrió con tristeza, acompañándome a la puerta. “Te echaré de menos…”

“Igualmente.”, respondí yo, con un nudo en la garganta. Sin poder contenerme, la estreché con fuerza, y besé sus labios apasionadamente, con ansiedad, como si muy en el fondo presintiera que tendrían que pasar siglos antes de volver a verla… Lo mismo hizo ella, rodeando mi cuello con sus delgados brazos. Mi eterna penélope.

Finalmente nos separamos. Chichi volteó, no queriendo mostrar su dolor. “No hagamos esto más difícil de lo que es, Gokú-sa… Vete ya. No quiero que me recuerdes así, llorando…”

Ella no lo sabía, pero yo también pensaba lo mismo. Ambos permanecimos de espaldas por unos instantes que me parecieron una eternidad. Entonces llevé dos dedos a mi frente y me desvanecí. Pero antes de que mi espíritu abandonara definitivamente Paozu Yama y se materializara con mi cuerpo en una lejana isla del sur, alcancé a escuchar su voz por última vez…

“T-te a-amo… y t-te es-perare-é…”

“Chichi…” pronuncié quedamente, mientras veía a mi discípulo acercarse. “Yo también…”


…nunca es para siempre – Capítulo 4

Fanfic: …nunca es para siempre


¿Mi hija? ¿Chichi y yo habíamos tenido una hija? Eso quería decir que… hace seis años… “¿CÓMO? ¿Por qué nadie me lo había dicho antes?” balbuceé yo, todavía aturdido con la noticia. ¡Una hija!

“¿Cómo te lo íbamos a decir, si te perdimos la pista desde que te marchaste?”, me reclamó Goten. “Anda, ¡vete otros diez años! ¡A ver si cuando regreses, todavía encuentras a un Son por aquí!”

“Basta”, lo amonestó su hermano, con firmeza. “Ambos prometimos no alterarnos cuando llegara este momento, ¿neh?”

“¡Pero es que no es justo, Gohan! ¡La criará un rato y luego se irá a entrenar con el primer monstruo reencarnado que halle, siempre lo mismo! ¡Chiku no merece eso!”, siseó él, lanzando una dura mirada en mi dirección. Yo bajé la mía, tratando de evadir sus ojos como dagas. “Hijo, yo…”

“¡Calla! Ella no merece eso…” repitió quedamente él, con lágrimas en los ojos. “¡No se lo deseo a nadie…!” Y dejó escapar su ki, disponiéndose a partir. “Adiós. Lamento haber venido… no tengo nada que hacer en Paozu Yama”

“¡Goten…!” exclamé, sin poder detenerlo. Lo vi desaparecer por el cielo hasta que se convirtió en un punto distante… Tan distante como nosotros, después de diez largos años. La historia se repetía ante mis ojos incrédulos, en un impasible déjavú. Gohan posó una mano sobre mi hombro, pero no hice intento alguno por voltear. En mi interior se empezaba a formar un terrible vacío… y no quería, no me atrevía a preguntar porqué…

“Papá… ¿podemos hablar ahora?”

Contuve el aliento. “Dónde… ¿dónde está Chichi?”

Silencio. Después: “Entremos a la casa, por favor…”

“Gohan.” Finalmente volteé a encararlo; el sol del mediodía se reflejaba en sus gafas metálicas. Algo que había heredado de su abuelo materno. “Dime.”

Él bajó la vista. “Poco… poco después de que te fuiste… hace seis años… –recalcó, refiriéndose a mi única visita en todo este tiempo– ella dejó de mencionarte. Nos sorprendimos, porque siempre hablaba de lo mucho que te extrañaba… y luego empezó a sentirse mal. Goten y yo temimos lo peor, pero tras un chequeo descubrimos… bueno, tú ya sabes…”

Yo asentí, con un nudo en la garganta. ¿Por qué tenía que hablar de ella en tiempo pasado…?

“Mamá… sólo nos dijo que habías venido unas semanas atrás, cuando todos andábamos festejando el cumpleaños de Bra-chan en West Capital. Ella no asistió, alegando como siempre que detestaba ir sola… y que tal vez, tú podrías volver y no encontrarías a nadie en casa. Nosotros mejor ni le insistimos, ya ves…”, rió suavemente él, con ojos tristes. “Pero cuánta razón tenía…”

Y todo siguió igual. Nosotros quisimos ir a avisarte, pero ella se negó. Dijo que tú volverías cuando así lo consideraras necesario, que no eras un niño pequeño al que tuviéramos que andar aporreando…” Yo bajé por enésima vez la mirada, y él prosiguió. “Respetamos su silencio durante esos nueve meses, hasta la llegada de Chiku…”

Un par de lágrimas surcaron su varonil rostro, pero su voz no se quebró. “Pero entonces… Hubo complicaciones en el parto… Y-yo hice todo lo que pude por ellas… pero no fue suficiente. Sólo sobrevivió nuestra hermana.”

Yo abrí los ojos de par en par, sintiendo mi corazón hundirse hasta los pies. “¿Qué…? ¿¡Pero por qué no me lo–?!”

Por primera vez en su vida él me calló, alzando imperceptiblemente su tono de voz. “Lo intentamos, ¿sabes? Muchas veces. Pero tú y Uub parecían haberse esfumado de la Tierra. Fuimos hasta con Dende, y él nos dijo que te lo habías llevado a entrenar al espacio exterior. Y de ahí, quién sabe a dónde más…”

“Así que decidimos cumplir el último favor que nos pidió mamá. Hasta el día de hoy.”

Con un suspiro, mi primogénito fijó sus ojos, esos ojos de azabache tan idénticos a los de Chichi, en los míos. “No te molestes con Goten… ni conmigo. Estos años no han sido nada fáciles para nosotros… pero al fin has regresado.” Yo sacudí la cabeza, tratando de coordinar mis sentidos… y fallando miserablemente. Todo ese autocontrol del que secretamente siempre me había enorgullecido, me había abandonado. “N-no… no puede ser… Chichi…

Papá…” Musitó Gohan, seguro reviviendo la amarga experiencia con su madre tras la batalla vs Cell, conmigo… A diferencia de que él jamás me ha visto –ni me verá– llorar. Dudaba en ofrecerme un abrazo, pude leerlo en su expresión. Pero acabé con su indecisión, apartándome de él con una sonrisa temblorosa. “T-tú no lo entiendes, hijo… ¡YO debo hablar con ELLA!”

Él parpadeó. “Pero papá… sabes bien que no podemos usar las dragonballs. Mamá murió de forma natural…”

“¡¿NATURAL?! ¡Me importa un CARAJO, GOHAN!”, grité, desgarrando mi garganta. “¡Y la veré, aunque tenga que ir al OTRO MUNDO!”

Y sin decir más, despegué el vuelo, dejando a mi hijo atónito en casa. O lo que hasta hacía unos minutos todavía consideraba mi casa


La oscuridad lentamente nos abandonó, al igual que el calor de nuestros cuerpos, todavía entrelazados. Hacía tanto tiempo que no sentía esa calma, esa paz tras la tormenta que siempre me inunda cuando estoy con Chichi… Y por su dulce expresión al dormir, deduje que ella también…

Todavía somnoliento, retiré su cabello enmarañado de mi cara. Y no porque me estorbara, al contrario; siempre me ha entretenido ordenar cada hebra en su lugar… Es tan suave… No como el mío, que da la eterna impresión de haber recibido unos cuantos electroshocks. Pero si a ella no le disgusta… qué le vamos a hacer.

Y me dispuse a cumplir mi labor, mientras mi mirada se recreaba en el contorno de sus finos hombros, su blanca espalda… Lo cual hacía difícil contener los deseos de alborotar su melena una y mil veces más… Sacudiendo de mi mente tales ‘locuras’ matutinas, me levanté a regañadientes de la cama a tomar una rápida ducha fría, pensando en que ella seguiría profundamente dormida, dada su condición…

Cuán equivocado estaba…

Al salir del baño, ví mi gi –antes tirado en el suelo–, perfectamente doblado sobre la cama ya tendida. Mi mujer estaba peinándose, sobre la sillita del tocador. Al verme por el espejo, sonrió. “Vaya. Primera vez que te levantas antes que yo, Goku-sa…”

“Hai…” reí, contemplándola totalmente extasiado. Oh, no… quizás tendría que ducharme de nuevo… pensé paranoicamente, riendo una vez más. Algo en ella la hacía lucir diferente, especial esa mañana… qué iba yo a saber. Mujeres…

Para no hacerles largo el cuento, me vestí y le pregunté qué íbamos a desayunar. Ella guardó el cepillo en su respectivo cajón, y se sentó vacilante a un lado de nuestra kingsize, indicándome que hiciera lo mismo. “Antes… quisiera que habláramos…”

Yo obedecí como el niño bueno al que ella siempre está acostumbrada a mandar y sonreí, preguntándole qué ocurría. Chichi tomó una de mis manos entre las suyas. “Goku-sa… ¿me amas?”

“¡Claro!” respondí prontamente, alzando una ceja. “¿Por qué lo preguntas?”

“Porque necesito saberlo… porque necesito que me lo digas muchas veces, a toda hora… no cada decenio.” Su voz tembló, pero su mirada se fijó valientemente en la mía. “Porque te necesito aquí, conmigo.”

“Estoy contigo, ahora…” murmuré, acariciando su mejilla con la otra mano. “¿Qué más quieres?”

“Mejor pregúntame qué no quiero. No quiero angustiarme más, preguntándole a Kamisama si estarás bien, si tienes dónde refugiarte, qué comer… No quiero que me miren compasivamente cuando me preguntan si soy viuda o divorciada, y explicarle a todo el mundo que mi marido… anda entrenando por ahí, sin que me lo crean. No quiero ser yo la que tenga que contar tus aventuras a nuestros nietos, tú podrías hacerlo mejor. No quiero sentirme sola sin necesidad de estarlo. No quiero… esperarte una noche más junto a esa ventana.”, señaló, apretando mi mano como para no dejarme ir. Cosa que yo no tenía intención de hacer… al menos por unos días…

“Pero Chichi… mujer… yo debo seguir entrenando a Uub…se lo he prometido…”

“Entonces… ¿te importa más ese chiquillo que yo? ¿Que tu propia familia?”

Yo fruncí el ceño, ofendido. “¡Por supuesto que no, Chichi! ¿Por quién me tomas? ¡Sabes que siempre estaré apoyándolos, que siempre pienso en ustedes, que vendré a visitarlos cuando pueda!”, exclamé, imprimiendo toda la sinceridad del mundo en mis palabras. Porque así era. Pero ella meneó la cabeza, sin aceptarlo. “Primero fue lo de tu hermano… luego lo de ese monstruo genético… ahora él, ¿y después quién, Goku? ¡Ya estoy cansada de guardarte luto en vida! ¡HARTA, ME OYES!”

“Chichi…” Instintivamente la rodeé con mis brazos, para confortarla de su incipiente llanto. Pero ella me detuvo a empujones, soltando mi mano. “¡No me toques! Si tanto quieres estar lejos de mí, ¡VETE!” gritó, sin importarle si me dejaba sordo esta vez. “¡ANDA! ¡Cúmplele tu promesa, al fin y al cabo la nuestra te importa un CARAJO!”

“Mujer…” balbuceé yo, buscando sus manos. “No digas eso, yo te a–”

“No me digas ‘te amo’ cuando no lo sientes, Son Goku.”, siseó ella, fulminante. “Ni siquiera lo intentes. Ya muchas veces me has convencido con el clásico ‘Te amo, querida, volveré pronto’… ¡Maldición!” Resopló, reprimiendo un sollozo. “Me lo has dicho tantas veces que ya perdió su entonación… ¿adónde fue a parar todo lo que dijiste? ¿Adónde?”

“A ningún lado.”, le aseguré, colocando su mano sobre mi pecho, junto al corazón. “Sigue aquí, donde siempre.”

En sus ojos ví brillar momentáneamente la esperanza. “Entonces… ¿te quedarás con nosotros, en Paozu Yama?”. Al verme bajar la cabeza, ella comprendió. “Siempre lo mismo, Goku. Quisiera poder amarrarte a mi lado, pero sé lo mucho que valoras tus retos…” Me dedicó una dulce sonrisa entre su rostro surcado de lágrimas, y murmuró en voz baja las palabras más difíciles que pronunciara jamás. “En fin. Ya no quiero que sólo seas un retrato para tu familia, una visita ocasional en nuestra casa. Ya no más. Por favor, no me ilusiones… no vuelvas si no es para quedarte.”

Mi cuerpo se tensó inmediatamente. “Me… ¿me estás pidiendo el divorcio?”

“N-no… nunca, no si tú no lo quieres…”, respondió ella, agitando vigorosamente la cabeza. “Sólo te pido… que te tomes todo tu tiempo, que entrenes a cuanta gente se te antoje y cuando ya no puedas lanzar un solo kamehameha más, cuando te hartes de pelear y quieras envejecer a mi lado… regreses. Para siempre.” Suspiró ella, mirándome expectante en busca de una respuesta. Yo tragué saliva… ¡Me estaba dejando ir, sin más ni más! Y pensar que era yo el que siempre tomaba la iniciativa…

“Está bien, Chichi. Volveré… y me quedaré contigo.”


…nunca es para siempre – Capítulo 3

Fanfic: …nunca es para siempre


¿Papá? ¿Papá, me oyes?”

“¿Uh? ¿Decías?”, respondí yo, algo apenado por perderme nuevamente en mis recuerdos. Gohan meneó la cabeza en señal de desaprobación, sin percatarse de que es un gesto típico de su madre. “Estábamos hablando de Goten, ¿recuerdas? No terminó la carrera so pretexto de que no necesitaba el título para conseguirse trabajo y ahora se la pasa haraganeando en casa de los Briefs. Yo ya lo he reprendido, pero la verdad no me hace mucho caso… se parece mucho a ti, sin ofender.”

“Yumf… nof hfay prfobflemfa”, le aseguré mientras terminaba mi almuerzo que, a pesar de no tener comparación con la comida de mi mujer, engullí sin chistar. Nunca he sido demasiado quisquilloso con la comida… “Oye Gohan, ¿dónde está tu m–”

¡DIIN-G D-OONG! El timbre sonó repentinamente, sin dejarme terminar mi pregunta. Mi hijo se excusó, levantándose de la mesa en dirección a la puerta. Escuché varias voces que no logré reconocer de inmediato, pero… entonces vi a un muchacho alto, con un rostro idéntico al mío, saludando efusivamente a Gohan. “¡Ossu, hermanote!”

“Hablando del rey de Roma… ¿Goten, de nuevo te estás dejando crecer el cabello?”

“Sí. Mi ex solía decir que parezco gallo copetón con este corte y…”, rió él. “Bueno, ¿estás ocupado?”

“No, yo sólo almorzaba… ¿por qué?”

“Porque Pan dijo que necesitarías mi ayuda con no-sé-qué asunto, y bien, aquí estoy…”, concluyó el chico, quitándose las botas y poniéndose un par de frescas sandalias. Gohan se subió las gafas, nervioso. “¿Pan te dijo eso?”

“Ajá. Por cierto, ella está afuera jugando con–”

“¡HOLA, HIJO!”, exclamé yo, feliz de ver al benjamín de la familia… Claro que una década no había pasado en vano, ahora era todo un hombre… Goten se quedó de una pieza en su lugar. “¿Papá…?”

“¡Qué grande te has puesto!”, sonreí yo, dándole un abrazo que hubiera dejado a cualquier otro sin aire. “¡Tu mamá estará muy orgullosa de ti!”

“Estee… sí”, balbuceó él, mirándome incrédulamente. ¿Tanta sería su impresión al verme? No sé, pero volteó a ver a Gohan con cara de circunstancia, y murmuró entre dientes: “Ya entiendo a qué ‘asunto’ se refería mi sobrinita…”

Yo los miré a ambos, totalmente desconcertado. ¿De qué asunto hablaban? ¿Por qué tanto misterio? Y sobretodo, ¿dónde estaba Chichi? ¿Por qué nadie parecía dispuesto a hablarme de ella?

Como si acabara de leer mi mente, Gohan aclaró su garganta, señalando la modesta sala del recibidor. “Papá, ¿quieres sentarte? Goten y yo tenemos algo importante qué decirte…”

Obedecí, aunque la verdad no me hubiera importado permanecer de pie. Gohan se quitó las gafas, y empezó a limpiarlas con la manga de su camisa. Parecía un doctor a punto de dar un terrible diagnóstico o que sé yo… esto me empezaba a dar mala espina. ¡Y Goten! Cada vez que volteaba a verlo, evitaba mi mirada, como si estuviera ¿resentido? conmigo… No otra vez, rogué para mis adentros… y yo que pensaba haber superado ya el complejo de “extraño en mi propia casa“…

*¡CRAA~SH!* Apenas iba Gohan a hablar, cuando oímos un gran estruendo afuera, como si se estuviera librando una batalla… ¿En nuestro propio patio?

Olvidándonos de toda ceremonia, los tres salimos por la ventana, a ver de qué se trataba. Primero encontramos a Pan, respirando agitadamente, con su lacio cabello todo alborotado y en posición de defensa. Quienquiera que fuera su contrincante, debía ser muy fuerte para darle tan buena pelea; según me había contado Chichi, mi nieta había sido la ganadora del último budokai al que asistí, derrotando incluso a Goten. Claro que no iba a comentar el tema ahora, prefería que él mismo lo hiciera, si es que quería…

Mas recordar viejas derrotas era lo último que pasaba por la mente de mi hijo menor. Alarmado, lo ví registrar de pies a cabeza todo el lugar. “¡Joder, Pan! ¡Les dije que se pusieran a jugar, no a ENTRENAR! ¿Dónde–?”

“Jiji… ¡Aquí estoooy!”

Todos volteamos hacia el techo, desde donde había provenido una risita infantil. Como los rayos de sol me deslumbraran, no pude ver bien a la criatura, pero sí sentí la velocidad con que se acercó flotando a Goten. ¿Cuánto tiempo había estado arriba sin que percibiéramos su ki…?

Él la recibió calmadamente en brazos, con actitud paternal. “¿Y bien? ¿Cuál es su excusa ahora, señorita?”

“Jo, es que aquí uno se aburre mucho…”, explicó ella, mientras jugueteaba con uno de los mechones que caían a los lados de su rostro. Era una morenita preciosa, más o menos de la misma estatura que Pan cuando niña, con el típico cabello rebelde de nuestra familia atrapado en una coleta y grandes ojos negros… “¡Goten!”, exclamé yo, sorprendido. “¿No me digas que es tuya…?”

Él sacudió violentamente la cabeza, ofendido. “¡Por favor! ¡Soy muy joven todavía!”

“Entonces eso quiere decir… ¡Qué tú y Videl tuvieron otra hija! ¡Vaya sorpresa! ¿Por qué no me lo habías contado antes, Gohan…?”

“………” Sacudiéndose el polvo de sus ropas, Pan se acercó a nosotros, seguramente percibiendo la misma tensión en el ambiente que yo. “¿Qué, todavía no se lo dicen?”

“Ya lo habríamos hecho, de no haber interrumpido ustedes…” gruñó Goten, con un tono que me recordó inmediatamente a Vegeta. Vaya que debía pasar mucho tiempo con su familia en Capsule Corp…

“Vale, vale, ya capté el mensaje, tío… vámonos, Ku-chan.”

“¿Uh? ¿Pero por qué…?”

“¡V-á-m-o-n-o-s! ¿Qué parte de eso no entendiste, boba?”

“Hala, mejor obedece, ya ves cómo es de corajuda… Al rato las alcanzo, ¿neh?”, murmuró Goten, con una media sonrisa. La chiquilla asintió y saltó de sus brazos para seguir a Pan, quien ya había partido sin despedirse siquiera. Yo las seguí con la mirada, todavía sorprendido por dicha aparición. “¿Se llama ‘Ku‘?”

“No, así le decimos de cariño. Su nombre es Chiku. Son Chiku.”, pausó Gohan, escogiendo cuidadosamente sus palabras. “Y… tampoco es mi hija, papá. Es… tuya.”


“Yo también te he extrañado… Chichi…”

Nuevas lágrimas corrieron por sus mejillas… “¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué no supimos nada de ti en todo este tiempo? ¡Si no fuera porque Gohan y Goten pueden sentir tu ki, yo hubiera jurado que estabas muerto…!”, sollozó, amenazando con volver a llorar como antes. Yo sonreí, secando con mis labios su rostro, que para mí seguía siendo el más perfecto que jamás había visto, a pesar de los años que se empezaban a notar en sus finas líneas de expresión. “¿Y ahora… te parezco muerto?”

Sin contestarme, ella me abrazó con fuerza, como si temiera que de un momento a otro me fuera a desaparecer. Yo no me opuse, tan embelesado como estaba aspirando el delicado aroma de sus cabellos recién lavados; no sé si se deba a que mi olfato es muy sensible, pero su esencia está impregnada indeleblemente en mi ser. Igual que el sabor de sus labios… y el de su piel. Chichi tenía razón; había dejado pasar mucho tiempo…

Nuestras bocas se encontraron, sin tener nada más que decirse. De todas maneras, nunca he sido demasiado bueno con las palabras… y menos con ella. Desde que recuerdo, siempre he ganado cada batalla, cada argumento, hasta discutiendo con Vegeta… Pero en este universo sólo existe una persona capaz de derrotarme… Era increíble pensar que se trataba de la débil y pequeña mujer que ahora se refugiaba en mis brazos…

Poco a poco deslicé mis manos por su delicada silueta, tomando posesión de su cintura. Sin pensarlo siquiera, desanudé su bata, la cual resbaló libremente hasta el suelo, sin más obstáculos que mis propios brazos. Ella frunció el ceño, mirándome fijamente en busca de una explicación… y me dió una sonora cachetada. Sobando mi mejilla, le sonreí clamando inocencia. “Eh… ¿oops?”

“No…”, murmuró ella, cruzando sus brazos frente a su pecho. “¿Crees que puedes volver como si nada y hacer lo que se te antoje, Son Goku? Sólo te acuerdas de mi existencia cuando estás herido, tienes hambre, o…”

“¿…tienes frío?”, la interrumpí. Chichi me miró con esos hermosos ojos negros, sin atinar a contestarme. Después de todo, lo que yo había dicho no era una pregunta, sino una confirmación de sus palabras. “Porque yo sí”.

Ella se ruborizó, pero no me quitó la vista de encima; tan orgullosa como siempre. Al darle la razón, la había dejado sin argumentos… mas luego respondió, con una sonrisa casi imperceptible: “Sí, tengo frío. ¿Y qué vas a hacer al respecto?”

“Esto…”, contesté yo, alzándola en brazos y dirigiéndome a nuestra cama. Sobra decir que no volvimos a discutir…

 

Al menos por el resto de esa noche.


…nunca es para siempre – Capítulo 2

Fanfic: …nunca es para siempre


Sonreí, sacudiendo de mi cabeza dicho recuerdo. No se puede volar bien estando distraído… además, ya veía cada vez más cerca mi hogar. Antes de que Uub también volviera con su familia, me advirtió que tuviera cuidado con los ¿husos? horarios o qué sé yo… El caso –según lo que entendí de su explicación– es que mientras de un lado del planeta sea de día, del otro es de noche… qué cosa más rara, ¿neh? Por eso, ahora tomé mis precauciones y ¡jaja, héme ahí! ¡Apenas estaba amaneciendo en Paozu Yama! ¿Ya estaría listo el desayuno…?

De un brinco aterricé frente a mi casa, y me extrañó no ver ropa tendida en el balcón. Quizás Chichi estuviese en la cocina… Sin poder esperar más, toqué a la puerta, anticipando su recibimiento. Pero nadie me abrió, y ya estaba yo planeando entrar por alguna ventana, cuando oí una voz a escasos metros de mí.

“El tío Goten no está… ¿quién es usted?”

Volteé, encontrándome con una jovencita no muy alta, de cabellos negros y ojos azules como los de mi nuera Videl… pero su mirada tan parecida a la de Gohan… “¡HEEY! Tú eres… ¿¡PAN?!”

“Sí, ¿pero cómo…?” , balbuceó ella, abriendo inusitadamente sus ojos después. “¡No puede ser! ¡¿ABUELITO GOKU!?”

“¡Hola!”, exclamé yo, corriendo a abrazarla. Ella me devolvió el abrazo un poco insegura, pero no me importó. Había crecido tanto en estos diez años… Cuando me fui, era sólo una niña, y ahora… “Eres toda una señorita, Pan. Me has dejado sorprendido, te pareces mucho a tu madre…”

Ella me sonrió, vacilante. “Y… ¿qué haces aquí? ¿No estabas entrenando con ese chico extraño del budokai?”

“Ah, Uub… sí, pero ya terminamos. Ahora vengo a quedarme con ustedes… ¿Dónde dices que está Goten?”

“Mi tío está viviendo en West Capital, con Trunks. De vez en cuando vienen a quedarse aquí; dicen que el campo les relaja.”

“Oh. ¿Y tus papás?”

“Bueno, Mamá fue a Satan City, por la campaña de reelección del abuelo y… Papá está trabajando en la computadora. Siempre está ahí”, terminó la chica, con un puchero que aniñaba sus rasgos. “Y ya se me hizo tarde para llegar a la escuela, así que ya me voy… ¡Adiós!”

“¿Uh? Vale, nos vemos lue–” alcancé a decir, mientras la vi remontar el vuelo hacia la ciudad. Sinceramente, ésa no era la bienvenida que esperaba, y mucho menos de mi nieta. Parecía algo incómoda, como si me ocultara algo… ¡Cht! ¡Olvidé preguntarle por Chichi! Bueno, pero todavía queda Gohan…

Mis pasos me llevaron a su casa, que la verdad, no está tan lejos… Sin dar más rodeos, me acerqué a la ventana, desde donde efectivamente lo hallé absorto frente al ordenador, tal como su hija había dicho. Por un momento creí ver a mi Gohan de 4 años estudiando en su cuarto… “¡Oyyo! ¡Buenos días, hijo!”

Él parpadeó, casi derramando su café en el teclado. No sé si le haría falta salir y asolearse un poco, pero lo noté un poco más pálido de lo normal, como si hubiera visto un fantasma. “¿P-papá?

“¡Hola!”, sonreí yo, casi frotando el cristal con mi nariz. “¿No vas a saludarme?”

“Eh…s-sí, voy…”, balbuceó él, saliendo de su estupor y abriéndome la ventana. Yo entré de un salto, y ambos nos miramos de arriba a abajo, antes de abrazarnos. “Papá… no has cambiado nada…”

“Y tú te ves muy bien de traje, aunque… ¿no resulta algo incómodo en el campo, hijo?”

“Bueno, es que hoy estoy esperando una conferencia vía internet, y debo estar presentable…”

“Aha…”, contesté yo, sin entender del todo. “Por cierto, hace un rato vi a Pan, iba camino a la escuela…”

Gohan frunció el ceño, extrañado. “¿Pan? Pero si ella está de vacaciones, yo acabo de enviarla a Capsule Corp…”

Yo me encogí de hombros, confundido. ¿Por qué me habría mentido? De pequeña, me tenía más confianza a mí que a sus propios padres… hasta Chichi me bromeaba diciendo que parecía más mi hija que mi nieta… “Bueno, quizás oí mal…”

“Discúlpala, se ha vuelto algo esquiva desde que cumplió los 13 años. Adolescentes…”, explicó él, con aire de saberlo todo. Yo qué le podía decir, si apenas los conocí a él y Goten a esa edad… y no tuve hijas. Mi silencio fue interrumpido por mi estómago, el cual gruñó en señal de protesta. “Ups… jeje, es que no he comido desde ayer…”

Mi hijo suspiró, y en un discreto movimiento apagó su computador. “Yo tampoco he almorzado. Desde que Videl se involucró en la política, no le queda mucho tiempo libre…”

“Hum… ¿y por qué no desayunas con tu madre? Ella estaría encanta–”

“Papá, acompáñame a la cocina, ¿quieres? Prometo que te pondré al tanto de todo lo que ha ocurrido en estos seis años…”, me interrumpió, con un tono que me sorprendió por su seriedad. Parecía tener algo muy importante que decirme y no sabía cómo hacerlo, así que decidí esperar. De todas formas, no tenía prisa… aunque ya era extraño no sentir el ki de mi mujer por ningún lado… Quizás habría ido a visitar a Gyumaoh, pensé yo.

Y mientras veía a Gohan sacar unas cápsulas con comida deshidratada de la alacena y colocarlas en el microondas, súbitamente me asaltó una duda: ¿Cómo supo él que vine hace 6 años, si no me ha visto desde hace 10? ¿Acaso le habría contado su madre de mi última visita…?


Chichi miraba fijamente a través del cristal, aunque no podía verse gran cosa afuera, con excepción de las estrellas. Pero ella seguía contemplando impacientemente el firmamento, como si esperara algo… ¿pero qué? ¿A nuestros hijos, quizás? Eso explicaría su ausencia… mas ellos ya son mayores, no debería preocuparse tanto, pensé, sonriendo para mis adentros. Mi mujer nunca cambiaría.

Pero pronto me di cuenta que no era a ellos a quienes esperaba… sino a mí.

“Goku… hoy tampoco has venido…”

Deslizando sus dedos sobre el frío cristal, ella cerró sus ojos, y dejó escapar un suspiro que me hizo estremecer. Sus mejillas se surcaron de lágrimas, mientras sollozaba en silencio… Tragué saliva, tratando de eliminar un incómodo nudo en mi garganta, de palabras que querían ser pronunciadas. Jamás la había visto así, llorando cada vez con más intensidad, sus manos apretadas en puños temblorosos contra la ventana. Se veía tan… sola…

Y sin poder soportarlo más, hice lo que me pareció más natural en el mundo: aparté de mí la cortina, di un paso adelante y la tomé en mis brazos, tratando de consolarla.

“Yos´h, Chichi…”, murmuré, dándole un beso en la frente. “Ya no llores, aquí estoy…”

Con los ojos irritados por el llanto, ella dió un respingo, mirándome cual conejo asustado. “¿Go…go-goku-sa?”

“Hai. He vuelto, ¿no te da gusto? Perdona mi tardanza, pero es que–”

“¡GOKU-SAA!”, gritó ella, con un volumen al que ya me había desacostumbrado, y me dió un manotazo, totalmente alterada. “¡BAKA! ¡Qué hacías escondido ahí, me asustaste! ¡Tonto, tonto, TONTO!”

“Oyy, Chichi, me vas a dejar sordo…”

“¡Y de qué te quejas, tú… tú… TÚ! ¡¿Por qué no habías venido antes?! ¡Odioso, como pudiste…!”

Y siguió llorando –y golpeándome con sus pequeños puños–, recriminándome por haberme ido a entrenar sin su permiso, por perderme de la entrada de nuestra nieta al kindergarden, del primer best-seller de nuestro hijo mayor, de las primeras cuatro o seis novias de nuestro hijo menor, de tantos eventos que por lo regular suelen suceder cuando no estoy en casa, y que termina relatándome ella diciendo lo mucho que le hubiera gustado tenerme a su lado… Yo sonreí resignadamente, dejando que se desahogara contra mi pecho. “Gomen nasai, Chichi… en serio lo lamento. Pero estoy aquí, ¿no?”

“S-sí…” Dijo entrecortadamente ella, mientras se calmaba momentáneamente entre mis brazos. “Y t-te extrañé tanto…”, suspiró, hundiendo su rostro en mi ya empapado gi. Yo alcé su cara, tomándola de la barbilla. Se veía tan hermosa, a la luz de la luna… en ese instante me invadió toda la nostalgia que mi instinto de peleador ha aprendido a reprimir cada vez que ando lejos de ella… y me sentí culpable por haberla espiado junto a la ventana. De haberla saludado antes, hubiera evitado su llanto…


Pero ahora estábamos juntos… y solos. ¿Por qué no…?


…nunca es para siempre – Capítulo 1

Fanfic: …nunca es para siempre

…Dame una risa como la de ayer
Cuando los momentos eran siempre diferentes.
Abre tus ojos y me encontrarás
Con la misma entrega, con la misma voluntad…

¿Saben? Hace mucho tiempo que no pasaba por mi casa… hasta el día de hoy.

Sí, ya sé lo que han de estar pensando, que nomás vuelvo por un rato, que será cuestión de meses antes de que me vaya y… Vale, admito que esta vez me excedí un poco… ¡Diez años de entrenamiento con Uub se me fueron volando! Pero eso no quiere decir que me haya olvidado de mi familia…

Mientras sobrevolaba las praderas de Paozu Yama esta mañana, comprobé con alegría que nada ha cambiado… el cielo sigue tan azul y limpio como siempre, el río todavía corre con el mismo murmullo que recuerdo desde niño… Si no fuera por un par de casas que se ven a la distancia, juraría que es el mismo valle donde un buen día conocí a Bulma. O mejor dicho, donde ella me encontró. Me pregunto si yo seguiría aislado ahí de no haberla acompañado en busca de las dragonballs

Posiblemente no; quizás hubiera salido a recorrer el mundo por mi cuenta algún día de ésos. Pero entonces no habría entrenado con Kamesennin, ni hubiera conocido a mis amigos, ni a…

Chichi. De sólo pensar en ella, una sonrisa cruzó instantáneamente mi rostro, dándome ganas de teletransportarme a su lado y sorprenderla con mi llegada. Pero contuve mis impulsos, recordando el susto que le había pegado la última vez que nos vimos…

Y mientras las memorias desfilaban por mi mente, ni por un momento sospeché que las sorpresas de este día estaban reservadas para mí…


Era ya de noche… ¿o madrugada?, cuando divisé a lo lejos las montañas que rodean nuestra casa. Como vivimos en un lugar tan retirado, no tenemos postes de iluminación ni cosas así. Mejor, pensé yo; no me gustaría que esto se convirtiera en una ciudad. Así que me guié por la tenue luz de la luna llena –que ahora sí puedo ver directamente– y mi vista de saiyajin…

Cuando al fin aterricé frente al patio que divide nuestro hogar del de mi hijo mayor, me sorprendió ver las luces apagadas en ambos lugares. Entonces intenté localizar sus ki, tomando en cuenta que podrían estar dormidos… Bueno, la verdad sigo sin entender porqué está todo oscuro aquí, pensé yo, si sólo ha pasado una media hora desde que me despedí de Uub y vine volando hasta acá… Quizás debí haber usado el Shunkan Idou…

Unos segundos después, descubrí que no había nadie, sólo una bien conocida presencia en uno de los cuartos superiores de mi casa. La más débil de toda mi familia, pero sin duda la que más poder tiene sobre mí. Sonriendo traviesamente, me abstuve de tocar a la puerta, y llevé dos dedos a mi frente, siguiendo la señal tan especial de su ki.

Y reaparecí dentro de nuestra recámara, pero para mi gran desconcierto, ella no estaba ahí. Observé atentamente a mi alrededor, sin hacer ruido, y escuché agua corriendo en la ducha… ah. Podría entrar, pensé, pero seguro gritaría y me sacaría a jabonazos de ahí… así que mejor decidí esperarla, oculto tras una de las grandes cortinas que ella hizo poco antes de que yo me marchara con mi alumno del budokai, hace unos… ¿3 ó 4 años? No estoy seguro, el tiempo se me escapa cuando entreno. Pero había prometido venir a visitarlos, y ahí estaba. ¡Ya quería ver la cara que pondría ella…!

El ruido de la regadera cesó finalmente, y Chichi salió a pasos lentos entre la penumbra, enfundada en una bata y secándose con la toalla el lacio manto de cabello negro que escurría sobre sus hombros. La escena me resultó tan familiar, que casi podía predecir todo lo que haría en su acostumbrado ritual nocturno. O al menos eso creía yo.

Porque poco después de haber terminado de secarse, no tomó el cepillo del tocador como yo suponía, sino que se acercó a la ventana, lo cual me hizo contener la respiración. No quería sorprenderla todavía… aunque era difícil, con los deseos que tenía de salir de mi escondite y abrazarla. Pero mi curiosidad por ver lo que hacía cuando yo no estaba fue más fuerte…